En los últimos años, la palabra descentralización ha adquirido un aura casi redentora. Blockchain, DAOs, economías distribuidas, redes horizontales: todo parece apuntar a que romper el centro es sinónimo de libertad. Sin embargo, descentralizar por sí mismo no garantiza ni justicia, ni sentido, ni comunidad. Un sistema puede estar perfectamente distribuido y aun así carecer de dirección, ética o propósito.
Aquí es donde libros como The Decentralist de Max Borders resultan valiosos: no porque ofrezcan una solución final, sino porque reconocen una verdad incómoda —la descentralización necesita principios compartidos, no solo arquitectura distribuida.
La fragilidad humana como punto de partida
Borders no parte de que «el poder corrompe» como consigna moral, sino de algo más incómodo: los humanos no estamos hechos para administrar grandes concentraciones de poder sin deformarnos. Esta no es paranoia política; es realismo antropológico. El problema no es que algunos líderes sean malvados, sino que la estructura misma del poder concentrado excede nuestra capacidad de administrarlo sin distorsionarnos.
Esto conecta profundamente con el propositivismo porque tampoco partimos de una antropología idealizada. No buscamos sistemas perfectos habitados por seres perfectos, sino sistemas que limiten el daño cuando fallamos —porque fallaremos. El descentralismo aquí no es optimismo ingenuo, es humildad estructural. Es reconocer que la mejor defensa contra el abuso de poder no es la pureza moral de quien lo ejerce, sino la imposibilidad de concentrarlo sin límites.
Orden emergente vs. orden impuesto
Una de las intuiciones más potentes de Borders es que los sistemas más resilientes no son los que se diseñan completamente desde arriba, sino los que permiten que reglas, normas y soluciones emerjan desde abajo. Esto empata casi directamente con la noción propositivista de microsociedades, laboratorios sociales y protopía. El propositivismo no promete un modelo final perfecto, promete un proceso con dirección ética. Esa es una diferencia clave frente a utopías cerradas que exigen sacrificio presente en nombre de futuros idealizados.
Un orden emergente no es caótico: tiene dirección sin imposición, tiene estructura sin rigidez. Se parece más a un bosque que a una plantación industrial. Y requiere algo fundamental: paciencia para dejar que el sentido se construya desde la experiencia concreta, no desde el decreto abstracto.
Anti-monopolio, no anti-institucional
Algo que suele pasarse por alto en las lecturas del descentralismo: Borders no es anti-institucional, es anti-monopolio institucional. No propone abolir reglas, sino diversificarlas; no eliminar instituciones, sino permitir que compitan, se corrijan y evolucionen. Una sola institución con poder absoluto —sea Estado, corporación o algoritmo— tiende hacia la rigidez y la ceguera. Múltiples instituciones, en cambio, generan tensión creativa, corrección mutua y adaptación.
Esto conecta directamente con la idea propositivista de protocolos, comités éticos, auditorías abiertas y sistemas que no dependen de una sola fuente de legitimidad. En el propositivismo, la autoridad no desaparece: se distribuye, se revisa y se gana. No hay reyes, pero sí hay responsables. No hay dogmas, pero sí hay compromisos verificables.
Responsabilidad local frente a abstracciones globales
Borders es muy crítico de los discursos grandilocuentes que prometen salvar al mundo mientras diluyen la responsabilidad concreta. Es fácil firmar manifiestos por la justicia global; es difícil sostener un compromiso cara a cara con personas reales. El cambio real empieza en escalas humanas, donde el compromiso tiene rostro, nombre y consecuencias.
No es casual que iniciativas como Tantuyo, Conoce.me o los Tuyos funcionen mejor en contextos cercanos. Eso no es una limitación; es una virtud. La cercanía no es parroquialismo: es el único lugar donde la ética se vuelve verificable, donde las palabras se miden contra los actos, donde el propósito declarado puede confrontarse con el propósito vivido.
Libertad de elegir fines, no solo medios
Aunque Borders no lo formula explícitamente en términos teleológicos, su defensa de la descentralización apunta a liberar a las personas no solo de controles externos, sino de fines impuestos. La verdadera libertad no es solo poder elegir entre opciones predefinidas, sino poder participar en la creación de las opciones mismas.
Aquí el propositivismo da el siguiente paso: no basta con tener libertad de elección, necesitamos cultivar fines que valga la pena elegir. Un sistema puede darnos mil opciones y aun así dejarnos vacíos si ninguna responde a algo profundo en nosotros. La pregunta no es solo «¿qué puedo hacer?» sino «¿qué vale la pena hacer?» Y esa pregunta no se responde en soledad: requiere comunidad, conversación, contraste.
¿Introducir propósito no es volver a centralizar?
Una objeción frecuente a cualquier ética del propósito es que, al definir fines, se corre el riesgo de reintroducir una forma de centralización moral. ¿Quién decide qué vale la pena? ¿No es más seguro limitarse a distribuir medios y dejar los fines al ámbito privado?
El propositivismo no niega este riesgo; lo toma en serio. Pero propone una distinción crucial: centralizar fines no es lo mismo que deliberarlos colectivamente. El problema no es tener propósitos compartidos, sino imponerlos sin revisión, sin participación y sin posibilidad de disenso.
El propósito propositivista no es un dogma ni una meta final cerrada. Es una orientación explícita, revisable y situada, que emerge del diálogo entre agentes con agencia real. No centraliza el sentido: lo pone en común. No dicta qué desear, pero sí exige que podamos explicar por qué deseamos lo que decimos desear.
Aquí, el propósito no sustituye a la descentralización; la completa. Le da dirección sin quitarle pluralidad.
Ética situada, no centralizada
Borders entiende que una moral impuesta desde arriba suele volverse ciega al contexto. Las reglas universales abstractas a menudo fracasan ante la complejidad de situaciones concretas. Esto conecta directamente con el interés propositivista en sistemas éticos situados, restaurativos y comunitarios.
El propositivismo no busca una ética universal rígida que se aplique mecánicamente, sino principios compartidos que se interpreten localmente sin perder coherencia. Es la diferencia entre un código penal que castiga y un proceso restaurativo que pregunta: ¿qué se rompió aquí? ¿Cómo se repara? ¿Qué aprendimos? La ética descentralizada no es relativismo: es inteligencia moral distribuida.
Las seis esferas como suelo común
Estas seis esferas no pretenden agotar el horizonte ético posible, sino establecer un mínimo común desde el cual sea posible disentir sin destruir el sistema. Sobre estas intuiciones, Borders propone: no violencia, integridad, compasión, pluralismo, custodia (stewardship) y racionalidad. No las presenta como una ideología cerrada, sino como condiciones mínimas para que un orden descentralizado no derive en caos, cinismo o tribalismo. Leídas desde el propositivismo, estas esferas no solo encajan, sino que funcionan como un suelo fértil sobre el cual algo más ambicioso puede emerger.
- La no violencia no se reduce a la ausencia de conflicto físico. En un sentido más profundo, implica renunciar a imponer fines por la fuerza. Desde una mirada propositivista, esto es crucial: el propósito auténtico no se decreta, se construye. Cuando un sistema obliga, aunque sea en nombre de la libertad, destruye la agencia que dice proteger. La no violencia es, entonces, una condición ontológica del propósito compartido.
- La integridad aparece como la infraestructura invisible de cualquier comunidad descentralizada. Sin integridad, la confianza se vuelve ingenua; con integridad, la confianza puede ser exigente. En sistemas distribuidos —sociales, económicos o culturales— la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace se vuelve más valiosa que cualquier incentivo monetario. La integridad no es una virtud moral aislada: es un mecanismo operativo que sostiene la cooperación a largo plazo.
- La compasión introduce un matiz fundamental. No se trata de sentimentalismo ni de indulgencia ilimitada, sino de la capacidad de comprender el contexto del otro antes de juzgar su acción, su error o su aporte. Sin compasión, la descentralización corre el riesgo de convertirse en un sistema donde la eficiencia técnica reemplaza el reconocimiento humano. El propositivismo necesita esta esfera para recordar que los sistemas existen para la vida, no al revés.
- El pluralismo, quizá una de las ideas más intuitivas del descentralismo, adquiere aquí una profundidad mayor. No es solo tolerar diferencias, sino aceptar que el sentido emerge del contraste. Las sociedades más vivas no son las más homogéneas, sino las que permiten la coexistencia de fines diversos sin anularse mutuamente. Desde el propositivismo, el pluralismo no es un problema a resolver, sino el motor mismo de la creación colectiva de sentido.
- La noción de stewardship —custodia en lugar de posesión— conecta de manera directa con una ética del futuro. No somos dueños de los sistemas que habitamos: somos responsables temporales de ellos. Esta idea se vuelve especialmente potente cuando se aplica no solo a la naturaleza, sino también a la cultura, las instituciones y la tecnología. Custodiar implica pensar en quienes aún no están, en generaciones futuras, en consecuencias que no veremos. Aquí el propositivismo encuentra una de sus columnas más sólidas.
- Finalmente, la racionalidad. Borders la propone como antídoto contra el fanatismo y la arbitrariedad. Pero el propositivismo puede ir más allá: no una racionalidad que solo optimiza medios hacia fines dados, sino una que es capaz de cuestionar los fines mismos. Una razón que reconoce cuándo un problema requiere cálculo y cuándo requiere conversación; que distingue entre eficiencia y sentido; que se detiene a preguntar si lo que estamos optimizando vale la pena ser optimizado. Una racionalidad consciente de que no todas las preguntas importantes admiten respuestas técnicas.
Hasta aquí, el descentralismo de Borders llega tan lejos como puede llegar sin formular una teleología explícita. Y es precisamente ahí donde el propositivismo decide no detenerse.
Mientras The Decentralist se pregunta cómo organizarnos mejor, el propositivismo se atreve a formular una pregunta más incómoda: ¿para qué vale la pena organizarnos?
The Decentralist aporta el cómo evitar que el poder se rigidifique; el propositivismo propone el para qué vale la pena distribuirlo. Donde Borders se detiene en la arquitectura social, el propositivismo introduce la pregunta por el sentido, el fin en sí mismo, la dirección ética y la trascendencia colectiva. No son marcos en competencia; son capas complementarias.
Sin una teleología explícita, incluso los sistemas más distribuidos pueden terminar sirviendo a fines que nadie eligió conscientemente, a inercias heredadas o a vacíos disfrazados de neutralidad.
Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo no sea elegir entre centralización o descentralización, sino aprender a construir microsociedades con dirección ética, agencia distribuida y sentido compartido. No se trata de derribar el centro por deporte, sino de reemplazar la imposición por compromiso, el control por custodia y la eficiencia por significado.
Imagina, por ejemplo, una comunidad donde las decisiones económicas se toman de manera distribuida, pero cada decisión debe responder a la pregunta: ¿esto nos acerca o nos aleja de lo que declaramos ser? Donde la tecnología se adopta no porque sea posible, sino porque sirve a propósitos explícitos y revisables. Donde el conflicto no se elimina, sino que se convierte en el espacio donde emergen nuevos sentidos compartidos. Esto no es utopía: es diseño deliberado de estructuras que hacen del propósito su centro gravitacional.
La descentralización distribuye el poder, pero no garantiza el sentido. El propositivismo no busca recentralizar decisiones, sino distribuir la responsabilidad de preguntarnos para qué decidimos.
Sin una teleología explícita, los sistemas descentralizados solo cambian quién manda. Con propósito compartido, pueden cambiar qué vale la pena.
Quizá el verdadero desafío de nuestra época no sea elegir entre centralización o descentralización, sino diseñar microsociedades capaces de sostener dirección ética sin imposición, pluralidad sin fragmentación y libertad sin vacío.
Descentralizar no basta. Pero descentralizar con propósito no es una utopía: es una tarea.


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