«Naguales del desierto» por Eliel David Pérez Martínez



Eliel David Pérez Martínez (Oaxaca, 1998. Vive y trabaja en Venecia, Italia)

Las formas emergen y se disuelven entre rosas intensos, amarillos solares, grises azulados y verdes profundos. Algunos observadores reconocen un escorpión de tonos morados con sus tenazas curvándose hacia la izquierda, otros un simio capuchino. Al centro, también algunos pueden distinguir una calavera de un animal con cuernos, hay quienes perciben el destello de un colibrí en la zona donde los amarillos y rosas chocan como alas en vibración. Ninguna lectura excluye a las otras. La invitación es detenerse y dejar que las formas hablen, porque lo que cada quien vea en esta superficie es tan válido como lo que otro descubra. Esa simultaneidad, donde cada forma contiene a su otro animal, es quizá lo más profundamente oaxaqueño de toda la obra.

El montaje mismo es parte de la pieza. El lienzo aparece atado con mecate a un bastidor metálico, rechazando la pulcritud del cuadro convencional. La tela respira, se tensa de manera desigual, se abomba. Hay algo de ritual en ese amarre que evoca los telares de cintura y los marcos improvisados de los mercados oaxaqueños, al mismo tiempo que afirma la precariedad como elección estética consciente pero ahora industrializada. El marco fue construido con materiales encontrados en el propio lugar donde el artista residió durante su estancia: la antigua fábrica de etiquetas de Ribetec. Eliel tomó los recursos del espacio que habitó para integrarlos a la obra, extendiendo su práctica de hacer que el entorno inmediato se convierta en materia expresiva y en parte del mensaje.

Formado en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca y en la Academia de Bellas Artes de Venecia, Eliel construye un lenguaje pictórico donde la memoria del sur de México colisiona con la sensibilidad expresionista europea. Su obra no ilustra: provoca apariciones. Trabajando con ceras, resinas, telas y papeles de distintos grosores, ensamblados y tensados por él mismo, cada pieza se convierte en un territorio donde lo figurativo se resiste a dejarse atrapar. A pesar de su corta edad, ha realizado exposiciones individuales en México, España e Italia, y es además precursor de los happenings culinarios en Tantuyo, importando desde Italia una metodología donde cocinar y crear se funden en un mismo acto colectivo.

Esta obra fue realizada durante su residencia en Tantuyo Centro Cultural en diciembre de 2024, como una de las primeras actividades artísticas y culturales del espacio. La pieza funciona como una suerte de acta fundacional pintada: no se cuelga, se amarra, se sujeta al lugar como algo vivo y provisional, exactamente como la identidad de Tantuyo en sus primeros días.

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