Hay un momento en el que uno deja de estar emocionado por construir algo y empieza a sentir coraje. No un coraje impulsivo, no un berrinche. Un coraje lúcido, casi tranquilo. Es cuando te das cuenta de que no estás luchando contra la complejidad natural de crear, sino contra una estructura que, de tanto protegerse a sí misma, terminó por hacer casi imposible que algo nuevo nazca. Me pasó intentando abrir Tantuyo. Y sospecho que le pasa a miles de personas cada día en este país, solo que la mayoría no lo cuenta porque para cuando terminan el trámite ya no les quedan ganas de escribir.
Entiendo de dónde vienen las reglas. Entiendo que hay riesgos reales en dejar que cualquiera opere sin controles. Que el gobierno necesita validar, estructurar, ordenar. Lo comparto. Sería irresponsable pedir un sistema sin filtros. Pero una cosa es regular la vida y otra muy distinta es volverla estéril. El problema nunca fue la intención del sistema. El problema es su fertilidad, es decir, su capacidad real de permitir que las cosas nazcan.
Han pasado más de un año desde que inicié un proceso que, en teoría, debería permitir que una casa remodelada hace seis años se convierta en un espacio cultural. Ocho meses de citas, filas y requisitos que se encadenan como si cada paso, en lugar de abrir camino, generara una nueva capa de incertidumbre. Pedir un dictamen de agua para una casa que ya tiene agua. Solicitar validación cultural por colocar una malla sombra. Cumplir normas ambientales que, siendo correctas en esencia, resultan más exigentes para quien quiere hacer las cosas bien que para quien simplemente opera en la informalidad. Y saber que, al final de todo, aún falta un último filtro donde alguien decidirá si lo que hiciste fue suficiente o no. Esto no es un relato excepcional. Es la experiencia estándar de quien intenta construir algo legítimo dentro de las reglas del juego. Lo excepcional, tristemente, sería que funcionara rápido.
Y en medio de todo eso aparece la tentación. No como un acto oscuro, sino como una oferta pragmática. Cuatro veces de forma directa, muchas más de manera indirecta: «Esto en México no se hace así. Si quieres, en una semana tienes tu licencia.» Cuarenta mil, cincuenta mil, cien mil pesos. El precio de saltarte el laberinto. El precio de acceder a un sistema paralelo que, irónicamente, funciona mejor que el sistema oficial. Los gestores te lo dicen con la naturalidad de quien ofrece el menú del día. Y lo más perturbador no es la oferta: es que tiene sentido. Financieramente, logísticamente, estratégicamente, tiene sentido. Ahí es donde la pregunta deja de ser administrativa y se vuelve profundamente personal. No es si puedo pagarlo. Es si quiero construir desde ahí.
Porque no es una discusión moral simplista. Es preguntarme qué historia quiero contar con Tantuyo. Si quiero que nazca como la excepción que encontró el atajo, o como evidencia de que el camino necesita transformarse. ¿Qué mensaje envía un centro cultural dedicado a repensar la convivencia si su primer acto fundacional es un soborno? ¿Qué legitimidad tiene un proyecto que habla de sistemas justos pero nace esquivando el sistema? Y sin embargo, sería ingenuo ignorar la otra cara. Hay una voz, no externa sino profundamente racional, que susurra algo incómodo: ¿y si el verdadero error no está en jugar el juego, sino en pretender cambiarlo sin haber entrado primero en él? ¿Y si la pureza no transforma sistemas, sino que los deja intactos? A ratos siento que estoy en una versión invertida de Alien. No es el monstruo naciendo dentro de nosotros… soy yo intentando que algo humano nazca dentro del monstruo. Y la duda es inevitable: ¿sale humano… o aprende a ser Alien?
No puedo esquivar esa tensión. Es casi maquiavélica, pero es honesta: para cambiar una estructura, a veces hay que operar dentro de sus propias reglas, incluso si esas reglas son imperfectas. Tal vez el sistema no se transforma desde la excepción moral, sino desde la capacidad de navegarlo, entenderlo y eventualmente redirigirlo. Entonces la pregunta se vuelve más incómoda todavía: ¿es más valioso que Tantuyo nazca, aunque su origen no sea perfecto? ¿O es más valioso que nazca bien, aunque eso implique que quizá nunca nazca? No tengo respuesta cerrada, y mentiría si dijera que la tengo. Pero reconozco en ese dilema algo profundamente humano: el límite entre la convicción y la terquedad, entre la integridad y la ineficacia, entre resistir el sistema y terminar siendo absorbido por él.
Confesión: entiendo por qué tanta gente elige el atajo. Lo entiendo de verdad y no lo juzgo. El sistema empuja hacia ahí. No es que las personas sean corruptas por naturaleza. Es que el entorno está estructurado de tal manera que la eficiencia y la legalidad dejaron de coincidir. Cuando hacer las cosas bien toma ocho meses y hacerlas por fuera toma una semana, la ética se convierte en un lujo, no en una base. Y cuando la ética es un lujo, lo que queda no es orden: es selección adversa. Sobreviven no los mejores proyectos, sino los más adaptados a la fricción. Y eso, en el largo plazo, empobrece a cualquier sociedad. Estamos filtrando a las personas no por su capacidad de servir, sino por su tolerancia al desgaste o su disposición a pagar peaje. Un país que funciona así no está regulando: está podando lo mejor de sí mismo.
Otra confesión, quizá la más honesta: sigo en proceso. No sé qué camino terminaré tomando. No sé si lograré recorrer todo el laberinto institucional, si encontraré formas legítimas de destrabarlo, o si en algún punto tendré que enfrentarme a decisiones que hoy me incomodan más de lo que quisiera aceptar. No se trata de romantizar la pureza ni de justificar el atajo. Se trata de reconocer que estamos parados en una zona gris donde las decisiones no vienen con certeza, sino con consecuencias.
Desde el Propositivismo, esta tensión no es un error: es parte del proceso. Un sistema fértil no es aquel donde no hay dilemas, sino aquel donde los dilemas no destruyen la posibilidad de actuar. Donde las normas orientan en lugar de bloquear. Donde existen caminos claros, tiempos razonables y criterios comprensibles. Donde hacer las cosas bien no es la vía más difícil, sino la más natural. La fertilidad de un sistema no se mide por cuántas reglas tiene, sino por cuántas cosas buenas logran nacer dentro de él. Hoy, mi experiencia me dice que ese espacio todavía no está construido.
Y quizá por eso Tantuyo dejó de ser solo un proyecto. Se convirtió en un espejo incómodo pero necesario. Porque en el intento de abrir un espacio cultural, terminé encontrándome con preguntas que no se responden en teoría sino en acción: ¿hasta dónde se debe jugar el juego para poder cambiarlo? Y más aún: ¿en qué punto, al jugarlo, uno corre el riesgo de convertirse en aquello que quería transformar? No tengo todavía la respuesta. Pero estoy caminando hacia ella.


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