Eliel David Pérez Martínez (Oaxaca, 1998. Vive y trabaja en Venecia, Italia)

Lo primero que salta no es la calavera. Es la tensión. La obra no está simplemente colgada, está contenida, casi atrapada. El bastidor metálico con cuerdas tensadas no funciona como soporte neutral sino como parte del discurso: un dispositivo de sujeción donde la imagen parece ser retenida, estabilizada o incluso disciplinada. No es una pintura libre, es una pintura contenida por fuerzas externas.
Dentro de ese sistema aparece el cráneo. Pero no es una calavera solemne ni limpia. Está fragmentada en color, intervenida con manchas rojizas, grises y amarillas, como si fuera más un registro de desgaste que un símbolo puro de muerte. No representa «la muerte» como concepto abstracto, sino la huella de algo que ha pasado por procesos, por capas, por historia. A la izquierda, las figuras son casi espectros, presencias en tránsito que no terminan de concretarse. Una de ellas, en tonos cálidos, parece inclinarse hacia el cráneo en un gesto que podría ser confrontación, cuidado o resignación. Lo que resulta clave es que no hay distancia entre lo humano y lo muerto: están en el mismo plano, mezclados, coexistiendo.
Las cuerdas que atraviesan la obra conectan el interior con el exterior, como si la imagen no pudiera existir sin esa red de tensiones. El marco fue construido con materiales encontrados en el propio lugar donde el artista residió: la antigua fábrica de etiquetas de Ribetec. Eliel tomó los recursos del espacio que habitó para integrarlos a la pieza, convirtiendo el entorno industrial en materia expresiva. La experiencia humana, la memoria y la identidad no aparecen aisladas sino atravesadas por estructuras y fuerzas que las moldean. No vemos solo una calavera. Vemos una calavera dentro de un sistema. Y eso transforma la pregunta: deja de ser qué representa la muerte y pasa a ser qué condiciones producen esta imagen de la muerte.
Hay algo profundamente honesto en la ejecución. No busca perfección. Hay crudeza, hay gesto, hay proceso más que resultado, como si no fuera una obra cerrada sino un momento capturado de algo que sigue ocurriendo.
Formado en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca y en la Academia de Bellas Artes de Venecia, Eliel construye un lenguaje donde la memoria del sur de México colisiona con la sensibilidad expresionista europea. Trabajando con ceras, resinas, telas y papeles de distintos grosores, ensamblados y tensados por él mismo, cada pieza se convierte en un territorio donde lo figurativo se resiste a dejarse atrapar. Su obra no ilustra: provoca apariciones, y actúa como narración intradiegética de problemas endémicos y latentes de la sociedad actual.
Esta obra fue realizada durante su residencia en Tantuyo Centro Cultural en diciembre de 2024, como una de las primeras actividades artísticas del espacio. La pieza dialoga inevitablemente con la vocación de Tantuyo: un lugar que busca diseñar estructuras que amplifiquen la experiencia en vez de ahogarla. Esta obra, en cambio, parece plantear la pregunta inversa. Qué pasa cuando la estructura se vuelve jaula.



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