Hoy, en clase de Modelos de Negocio, apareció una inquietud que no es nueva, pero que cada vez suena con más peso: “En la era de la inteligencia artificial, donde todos los trabajos parecen destinados a desaparecer, ¿qué va a pasar con nosotros? ¿Qué podemos hacer?”. No fue una pregunta técnica. Fue una pregunta existencial. Y cuando una pregunta es existencial, responder con fórmulas, tendencias o gráficos es una forma elegante de evadirla.
Mi primera respuesta fue simple, casi incómoda: enfócate en el propósito. Vi sorpresa, duda, incluso desconfianza. Es comprensible. El propósito suena abstracto cuando uno está entrenado para pensar en habilidades, puestos y funciones. Entonces uno de ustedes me pidió algo concreto: “Dame un ejemplo, ¿qué pasa con un arquitecto?”. Ahí comenzó realmente la conversación.
Les pregunté algo que parece obvio, pero no lo es: ¿el propósito del arquitecto es diseñar casas? La respuesta fue inmediata: no. Y sin embargo, cuando pregunté “entonces, ¿qué más?”, apareció el silencio. Ese silencio es importante. Ahí empieza el aprendizaje real. Porque no es ignorancia: es vértigo. Es el momento en que uno se da cuenta de que lo que sabía hacer no alcanza para definir quién es.
Fue entonces cuando les propuse otra pregunta, quizá más difícil: ¿qué te da propósito? No la contesté por ustedes, porque no puedo. Pero sí les di una pista que considero fundamental: los problemas dan propósito. No los títulos, no las herramientas, no los puestos. Los problemas reales, persistentes, humanos.
Un arquitecto tiene propósito mientras existan tensiones no resueltas entre las personas y los espacios que habitan. Mientras haya ciudades que enferman, viviendas que aíslan, materiales que destruyen, transporte que fragmenta, barrios que expulsan, espacios que deprimen o que simplemente no permiten vivir bien, el arquitecto no solo tiene trabajo: tiene responsabilidad. Y esa lista no se acaba. Es, literalmente, infinita.
Ahí es donde entra la evolución. No una evolución técnica, sino teleológica. Evolucionar no es aprender a usar mejor un software o dominar una nueva herramienta —eso también lo hará la inteligencia artificial—. Evolucionar es redefinir hacia dónde apuntas. Es pasar de “sé diseñar casas” a “me hago cargo de cómo vive la gente”. Y ese paso no es cómodo.
La razón por la que la inteligencia artificial genera tanto miedo no es porque piense más rápido o produzca más. Es porque nos obliga a soltar identidades que nos daban seguridad. Nos aferramos a lo conocido, a lo que dominamos, a lo que podemos explicar en una línea de currículum. La incertidumbre no da control; da responsabilidad. Y no todos quieren eso.
Pero aquí hay algo que vale la pena decir con claridad: la inteligencia artificial no viene a quitarnos el trabajo. Viene a quitar los trabajos donde no decidíamos nada relevante. Donde solo ejecutábamos, repetíamos o seguíamos instrucciones. Lo que queda —y lo que quedará— es lo incómodo: pensar, elegir, asumir consecuencias, responder por el impacto de lo que hacemos.
Por eso esta materia importa. No porque les vaya a dar certezas absolutas, sino porque les ofrece un marco para hacerse mejores preguntas. Los modelos de negocio del futuro no van a competir solo por eficiencia o automatización. Van a competir por sentido, por impacto, por coherencia entre lo que se dice y lo que se construye.
Si algo quiero que se lleven de esta reflexión es esto: no se pregunten únicamente qué saben hacer. Pregúntense de qué problema humano están dispuestos a hacerse cargo. Ahí, justo ahí, la inteligencia artificial deja de ser una amenaza y se convierte en una herramienta. Y ahí también empieza su verdadero futuro profesional.
Este texto no pretende cerrar la conversación. Todo lo contrario. Es una invitación a retomarla, a discutirla, a cuestionarla. Porque si algo estoy convencido de enseñarles, no es un contenido, sino una dirección. Y esa dirección no se automatiza.


Deja una respuesta